La luna rozó su piel cetrina.
Madeleine caminaba lentamente por la playa. Pensando en cuantas veces tendría
que pensar en él para volverlo un poco menos etéreo, para volverlo real, para
tenerlo al lado. Aunque caminaba de la mano con otro ella sólo podía pensar en él. Sus suspiros, sus palabras de amor, sus poemas, sus gemidos y llamados,
todos eran para él, sin embargo el que caminaba a su lado no lo sabía. En un
instante ella dudo de sus sentimientos, sin embargo soñaba con él cada noche de
su vida. El que caminaba a su lado llevaba acompañándola poco más de 5 años,
sin embargo nunca había logrado amarlo como lo amaba a él. Ni siquiera lo había
amado con tanta intensidad en su luna de miel en Paris. Aunque caminaba a su
lado en la Torre Eiffel y miraban juntos las obras en el Louvre nunca llegó a amarlo
como lo amaba a él. Su vida parecía sencilla, pero no lo era. Las voces en su
cabeza constantemente le impedían dejar de pensar en él y querer entregarle su
vida, su cuerpo, su alma. Esas voces que constantemente le recordaban cómo
sería su vida si muriera y se encontrara con él, pero la cosa que cargaba en el
vientre le impedía morir. Noches enteras dedicaba a planear su próximo
encuentro con él. Vestiría de rojo, y su sangre se derramaría por todo el baño
y se diluiría con el agua de la bañera, mientras el cuchillo se resbalaba
lentamente de su mano ensangrentada y ella perdía la conciencia. Si, ansiaba
ese día, cuando por fin se reuniría con él. Pronto pasaría. Muy pronto.
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